Senador Juan Manuel Galán P.
Es muy positivo que el país esté abordando, finalmente, la problemática de la tierra, especialmente desde la óptica de la restitución a quienes fueron víctimas del despojo por parte de grupos armados ilegales en complicidad, en algunas ocasiones, de servidores públicos.
Esta visión es un buen punto de partida pues se vincula especialmente con aquella población más vulnerable que ha sufrido la violencia, el desarraigo, la pobreza y la exclusión.
No obstante lo anterior, la priorización de las víctimas del conflicto no puede hacernos perder de vista que el problema de la tierra va más allá del conflicto armado. Como en el Apocalipsis el campo colombiano sufre la desolación causada por los jinetes de la guerra, del hambre y de la enfermedad.
La pobreza rural, la ineficiencia ambiental y económica de la distribución y uso de la tierra, el abandono de los jóvenes de la vida campesina, son componentes fundamentales del problema que requiere atención prioritaria por la sociedad y el Estado.
El último atlas del Instituto Geográfico Agustín Codazzi documenta estas realidades de forma muy completa y objetiva. Se evidencia que la propiedad en Colombia se concentra en el sector urbano. Respecto a la propiedad rural el 0,6% de los propietarios son dueños de 20% de los predios. El 82,4% de los predios son minifundios que ocupan el 15,6% del área rural.
En cuanto al uso de la tierra solo 10 millones de hectáreas tienen vocación ambientalmente sostenible para la ganadería pero se están usando cerca de 38 millones. La pobreza rural ha sido superior a la urbana, para el tercer trimestre de 2005, aquella llegaba al 68% de la población rural.
Se puede pensar que una realidad evidente como ésta, movilizará a los colombianos rápidamente en su solución. Sin embargo, hay por lo menos 4 caballeros del Apocalipsis que tratarán de entorpecerlo y que el país debe identificar y cerrar filas en su contra: 1. los grupos armados ilegales, 2. el narcotráfico, 3. los que acumulan ineficientemente la tierra y 4. aquellos políticos que respaldan o representan a los otros tres.



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Colombia, como todo país en guerra, importa y exporta mercenarios. De los guerreros clásicos al estilo Yair Klein a la versión moderna encarnada en los "contratistas independientes", estamos de mercenarios hasta los huesos.
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Todo régimen autocrático necesita de siniestros sistemas de inteligencia para impedir que su poder sea puesto en duda y por ese boquete se cuele la oposición. Se sigue y se persigue a los sospechosos, se elimina a los peligrosos y nunca se firman los cadáveres. O a veces sí, por la falta de imaginación o porque los supremos nunca pueden contar con lealtades a toda prueba. Pasa hoy con Noguera, el antiguo íntimo del Presidente y ex director del DAS. La reorganización del DAS es sospechosa, algo se quiere guardar en secreto.
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