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Otras Opiniones

La política de tierras y los jinetes del Apocalipsis.

Senador Juan Manuel Galán P.

 

 

 

Es muy positivo que el país esté abordando, finalmente, la problemática de la tierra, especialmente desde la óptica de  la restitución a quienes fueron víctimas del despojo por parte de grupos armados ilegales en complicidad, en algunas ocasiones, de servidores públicos.

 

Esta visión es un buen punto de partida pues se vincula especialmente con aquella población más vulnerable que ha sufrido la violencia, el desarraigo, la pobreza y la exclusión.

 

No obstante lo anterior, la priorización de las víctimas del conflicto no puede hacernos perder de vista que el problema de la tierra va más allá del conflicto armado. Como en el Apocalipsis el campo colombiano sufre la desolación causada por los jinetes de la guerra, del hambre y de la enfermedad.

 

La pobreza rural, la ineficiencia ambiental y económica de la distribución y uso de la tierra, el abandono de los jóvenes de la vida campesina, son componentes fundamentales del problema que requiere atención prioritaria por la sociedad y el Estado.

 

El último atlas del Instituto Geográfico Agustín Codazzi documenta estas realidades de forma muy completa y objetiva. Se evidencia que la propiedad en Colombia se concentra en el sector urbano. Respecto a la propiedad rural el 0,6% de los propietarios son dueños de 20% de los predios. El 82,4% de los predios son minifundios que ocupan el 15,6% del área rural.

En cuanto al uso de la tierra solo 10 millones de hectáreas tienen vocación ambientalmente sostenible para la ganadería pero se están usando cerca de 38 millones. La pobreza rural ha sido superior a la urbana, para el tercer trimestre de 2005, aquella llegaba al 68% de la población rural.

Se puede pensar que una realidad evidente como ésta, movilizará a los colombianos rápidamente en su solución. Sin embargo, hay por lo menos 4 caballeros del Apocalipsis que tratarán de entorpecerlo y que el país debe identificar y cerrar filas en su contra: 1. los grupos armados ilegales, 2. el narcotráfico, 3. los que acumulan ineficientemente la tierra y 4. aquellos políticos que respaldan o representan a los otros tres.

Fuente: Web Senador Juan Manuel Galán

La reforma tributaria

Por: Salomón Kalmanovitz

EXISTE UN GRAN CONSENSO ENTRE los economistas de que el país está en mora de reformar su obtuso sistema impositivo.

Primero, el sistema refuerza la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, la peor del continente, que se deteriora después de impuestos, porque éstos son básicamente indirectos.

El IVA y los aranceles representan 8% del PIB, mientras que el impuesto de renta ha reducido su participación al 5% del PIB. Eso fue resultado de la política de Álvaro Uribe de conceder generosas exenciones a las empresas, especialmente mineras y de petróleos, y decretar zonas francas arbitrariamente.

El impuesto a la renta en sí es inequitativo porque recae sobre las sociedades, donde los 500 grandes contribuyentes ponen más del 90% del recaudo. Las empresas, a su vez, trasladan parte de esos costos a los consumidores o a los usuarios de sus servicios, como lo hacen los bancos. Los dueños de las empresas están exentos de los dividendos porque a alguien se le ocurrió que estaban tributando doble. En Chile o Estados Unidos las empresas pagan menos impuestos que sus dueños, lo cual induce a que repartan menos dividendos e inviertan más. Y las tarifas que pagan los propietarios son muy altas, por ejemplo del 45% marginal en los Estados Unidos. Existen en Colombia además deducciones cuantiosas para los que ahorran en cuentas de vivienda, en fondos de pensiones privados y los que mantengan créditos, las que tampoco se justifican.

Los dueños de tierras esconden su riqueza y no clasifican para pagar el impuesto al patrimonio, que recae sobre los que ostenten más de 3.000 millones de pesos y que contribuyen al enorme esfuerzo de seguridad que ha hecho el resto de ciudadanos en los últimos 15 años. Sin embargo, los terratenientes son los más beneficiados de la seguridad que ha valorizado varias veces sus patrimonios. Los prediales que pagan son ridículos y explican la miseria de los municipios de tantas regiones del país, donde coexisten haciendas prósperas con parcelas campesinas paupérrimas, si no es que han sido expropiadas. Sería bueno que la DIAN introdujera en su base de datos el catastro rural (y urbano) y que lo actualizara.

En segundo lugar, el recaudo tributario está por debajo del gasto desde 1997 o sea que es estructuralmente insuficiente y debe aumentar alrededor de 4 puntos del PIB ($20 billones) para entrar en una senda de sostenibilidad fiscal. No se puede continuar aumentando el endeudamiento interno y externo indefinidamente. Eso es lo que sucederá precisamente si el presidente Santos cumple su promesa marmólea de no aumentar impuestos.

En tercer lugar, el sistema se basa en unos tributos que producen graves distorsiones. En el mercado laboral, los parafiscales y las contribuciones a la salud y a las pensiones, que equivalen al 30% de la nómina, generan mucha informalidad y desempleo. En el mercado de dinero, el 4x1.000 obstaculiza las transacciones bancarias porque es un impuesto-cascada. Se favorece así el uso del efectivo y se fomenta la evasión de impuestos, al no dejar rastro de las operaciones.

Un impuesto a la renta sobre personas naturales justo y la eliminación de tantas exenciones podrían pagar las facturas del ICBF, del Sena y del 4x1.000 más los gastos sociales pendientes; podrían subsidiar también las contribuciones a la salud (bajo un sistema unificado) y las pensiones. Ahí tiene, Echeverry.

  • Salomón Kalmanovitz

Las magras pruebas de Colombia ante la OEA

Por Carolina Osorio Duque

La sorpresa real estaría en realidad, a punto de llegar: Ningún país, de los 33 miembros activos, apoyó a Colombia en su solicitud de constituir una comisión internacional para que viaje a las coordenadas suministradas y revise el sitio. Venezuela se negó a dar el permiso, como era de esperarse. Lo que no era de esperarse era que ningún embajador criticara ésta actitud, la mencionara en su discurso, o insistiera en la necesidad de conformar esa comisión internacional. Colombia recibió el apoyo de 22 países, con el único fin de establecer el diálogo con Venezuela y la cooperación entre ambos gobiernos.

Leer más en: La Silla Vacía

Las marchas de Uribe y el recibimiento a Maradona

Por León Valencia

Salvo en Medellín, donde se concentró un importante número de personas para oír y vivar al presidente Uribe, en las demás ciudades la asistencia a las marchas de gratitud a la labor del Primer Mandatario fue escasa. Vi esto en la prensa nacional. Después me puse a mirar en la prensa argentina las fo..

Leer más en: El Tiempo

De Santos a Uribe

Por: Felipe Zuleta Lleras, El Espectador

DESPUÉS DE UNA SEMANA DE HAber sido elegido como presidente el ciudadano Juan Manuel Santos, es claro que el gran perdedor es el presidente Uribe.

Varios son los mensajes que Santos ha mandado, con su estilo sinuoso, y que deben tener aterrado a Uribe y a sus colaboradores. Ya está claro que Santos no piensa dejarse montar un gobierno paralelo.

No vemos a Santos defendiendo a las personas cercanas a Uribe y que están encausadas por la comisión de delitos. Entre ellas por supuesto a los promotores del referendo reeleccionista liderados por el controvertido Luis Guillermo Giraldo, quien está próximo a sufrir una condena ejemplar, gracias a las denuncias que en su momento hiciera Noticias Uno.

Tampoco creemos que Santos vaya a defender a Sabas Pretelt, a Bernardo Moreno, a José Obdulio Gaviria y a todos aquellos que de una u otra manera llegaren eventualmente a tener responsabilidad de algún tipo por temas como la yidispolítica y las chuzadas.

El estilo de Santos y los mensajes que ha mandado son contundentes: no piensa seguir con las peleas de Uribe ni está dispuesto a cargar sobre sus hombros con todos los escándalos de corrupción que tienen al presidente Uribe totalmente desquiciado.

El gobierno de Santos será un gobierno santista y en ningún caso uribista. Santos nació en un medio en el que nunca ha tenido que lagartear absolutamente nada. Y mucho menos lo hará ahora que alcanzó la Presidencia de la República con un mandato contundente y con una gobernabilidad inmensa.

Todo eso explica las razones por las cuales Uribe está absolutamente descontrolado, porque tiene claro que Santos no piensa hacer nada para defenderlo a él y a las personas que delinquieron en estos últimos ocho años. Por eso he sostenido, a diferencia de lo que dicen los analistas, que el gran perdedor de las elecciones de hace una semana es el presidente Álvaro Uribe.

La prueba de esto son los nombramientos anunciados por Santos esta semana, nombramientos que traen implícitos unos mensajes a Uribe: el mal manejo de la economía, el deterioro de las relaciones internacionales y el atraso en la infraestructura del país.

El solo hecho de que Santos se haya reunido esta semana con las Cortes para reiterarles su actitud respetuosa debe tener a Uribe enfermo, como enfermo lo tiene que Vargas Lleras pueda llegar a un ministerio o que César Gaviria quede con cuota en el gobierno de Santos, por sólo mencionar un par de casos.

Así las cosas, me atrevo a vaticinar que en los meses por venir veremos cómo se van a deteriorar las relaciones entre Santos y Uribe, porque es claro que Santos representa todo lo que Uribe detesta: el cachaco estrato 6, de buenos modales, del Country, golfista y clasista.

Uribe quería de presidente a Andrés F. Arias; por eso pretendió triturar a Vargas Lleras, trituró a Noemí y acabó con los partidos. Y qué irónico que al final del día acabó llevando a la Presidencia a la única persona que es capaz de traicionarlo sin ningún remordimiento.

Ganó el fundamentalismo

NOS DEJAMOS VER. SOMOS FUNDAmentalistas por herencia, no por tradición. No defendemos ideas históricas, nos aferramos a posiciones ora soberbias, ora caprichosas. No compartimos metas, tampoco métodos, si acaso intereses.

Terminó la campaña sin debate verdadero sobre el país que queremos. Nos quedamos con la confrontación de fundamentalismos de todas las pelambres. Intolerancia.

Los de la izquierda radical que siente, que se creyó el cuento de que es más inteligente que los demás.

Los de la izquierda moderada, excesivamente moderada. Los de centro, que han dejado de serlo por mirar a derecha e izquierda para fundamentarse.

Los de algunos verdes, que, en la cresta de la ola, cerraron el debate, con el candado altivo de la moral.

Los de derecha, que siguen en su cuarto de hora y que, no contentos con ello, agreden, pontifican o descalifican con el disfraz vendedor de defensores de la seguridad.

Los sin partido y los que se abstienen, tan soberbios como los otros, porque no encuentran candidatos a la altura de sus votos.

Y entre ellos, el fundamentalismo de quienes creen que Colombia soy yo, dueños del pensamiento primero yo que Colombia, forjadores del cartel del interés particular de un puesto oficial, un subsidio estrato cero o siete, un cupo para estudiante técnico, para bachiller subocupado o para simple desempleado que hace fila, convencido de que lo malo de ese cartel es no formar parte de él.

Por eso crecen los fundamentalistas de la indiferencia y de la apatía, que creen que nada de lo que hagan cambiará nada.

Mientras, el país, el Estado, la cosa pública siguen manejados por los más fundamentalistas de todos: los que están convencidos de que democracia es ternas de uno, como en el caso del fiscal; licitaciones con invitados de piedra para que gane el que todos saben, como en el caso del Tercer Canal, y elecciones con participación múltiple que termina por legitimar al preelegido para reciclar el régimen, que cambia de vez en cuando para que todo siga igual.

Nos dirán fundamentalistas del pesimismo; quizás sí, pero al estilo del Nobel Saramago: “Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”.

www.mariomorales.info, www.twitter.com/marioemorales

Publicado en El Espectador (r)

Condicionamientos

Alfredo Molano Bravo, El Espectador

Un gran sector de la elite de los grandes negocios quiere que al aeropuerto se le deje el nombre que tiene, el de la tierra legendaria donde los nativos se bañaban con oro.

La leyenda de El Dorado tenía patas: en el primer siglo, los conquistadores se cargaron unos 200.000 kilos de oro, la mayoría de la Nueva Granada, a costa del casi exterminio indígena. El mito llevó a los conquistadores a esculcar el territorio de arriba abajo, y a los paisas, en el siglo XIX, a buscar por todas partes el tesoro de Pipintá al sur de Abejorral.

Leer más en: Rebelión

Estrategia y democracia

Por: Klaus Ziegler

Los resultados de las últimas elecciones corroboran una vez más que la democracia es un sistema político ideal en teoría, aunque imposible en la práctica.

Se acepta de manera axiomática que esta forma de gobierno representa la voluntad de la mayoría, pero no hay que ser un erudito para saber que son élites minoritarias las que terminan imponiendo su mandato.

De ahí el abstencionismo tradicional del electorado que sabe que la “fiesta democrática” es sólo “más de lo mismo”; apatía que se refleja en las estadísticas: en las pasadas elecciones, de casi treinta millones de votantes habilitados, cerca de siete votaron por Santos y un poco más de tres millones por Mockus. En términos porcentuales absolutos, los dos candidatos en conjunto contaron con el apoyo de escasamente un tercio del electorado.

Es un hecho que en cualquier país democrático los resultados electorales dependen en últimas de grandes maquinarias que demandan enormes recursos económicos, lo cual rompe el equilibrio e invalida cualquier principio participativo igualitario. Y no hay mejor demostración que el pobrísimo resultado de los tres candidatos independientes, que sumados no alcanzaron ni el 1% del total de los votos, cifra por debajo del voto en blanco.

En Estados Unidos ningún partido político independiente ha logrado jamás llegar a la presidencia, incluyendo partidos financiados por multimillonarios, como el Partido de la Reforma del ultraconservador Ross Perot, que alcanzó el 19% de la intención de voto en 1996, cifra admirable en un país dominado por un rígido sistema bipartidista. Y en las últimas elecciones, el triunfo casi imposible de un demócrata perteneciente a una minoría étnica desfavorecida no fue gratuito: su campaña contó con más del triple de los recursos económicos que la de su contrincante.

La idea de que el ciudadano promedio decide siguiendo lo que le indica la voz de su consciencia, es ilusoria. El ejercicio de elegir entre varios candidatos se asemeja más a la experiencia del consumidor que va al supermercado y tiene que escoger entre distintas marcas de detergentes. Como no puede juzgar por sí mismo las bondades o defectos de cada una, opta por la más promocionada. Y es por esta razón que las campañas electorales terminan convertidas en una amalgama de complejas maniobras de mercadeo dirigidas a la creación de un consenso, las cuales incluyen entre sus tácticas un arsenal de ingeniosas artimañas de propaganda y desinformación.

Los expertos en la materia saben muy bien que de arrojar y arrojar lodo al opositor algo termina pegándosele. Esta fue la estrategia que se puso en acción una vez se prendieron las alarmas ante la subida de la marea verde. Y nada más torpe que creer que bastaba con dar la otra mejilla para contrarrestar las bofetadas. Lo que se recomienda en estos casos es la réplica inmediata y contundente, lo opuesto a la reacción mansa del predicador laico que se rehúsa a contestar las ofensas de su adversario.

Por supuesto que explicar a posteriori la debacle del partido Verde es un ejercicio poco riguroso. Algunos dirán que se debió más a los autogoles de Mockus que a la sucia campaña de desprestigio, y en parte tienen razón, porque es verdad que poco ayudó su actitud vacilante de semiólogo aturdido. Otros dirán que fue más bien el desconocimiento de las reglas más elementales de la retórica política, explotada hábilmente por Santos, que consiste en crear la ilusión de que durante su gobierno habrá menos impuestos, más empleo, más seguridad… La clásica verborrea ficticia y vacía que acostumbran los políticos avezados.

También se ha dicho que el resultado de las elecciones no debería sorprender a nadie, si se tiene en cuenta el respaldo directo y desvergonzado del Primer Mandatario a la candidatura de quien considera su digno sucesor. Se ha argumentado que es imposible que un presidente obsesionado por su reelección y en campaña permanente, después de ocho años de repartir limosnas sin interrupción en innumerables Consejos Comunitarios -- al mejor estilo de Eva Perón--, no haya dejado un legado significativo de electores cautivos.

Sin embargo, hay un factor que tal vez tenga un peso mayor que los demás combinados, y fue que la campaña de Santos supo recurrir a la misma estratagema que llevó a Hitler al poder y sirvió para reelegir a Bush: ¡la estrategia del miedo! El temor de que bajo el mandato de otro presidente distinto al elegido por Uribe como su sucesor, la guerrilla recuperara el terreno perdido durante los últimos ocho años.

Y ha sido este mismo miedo el responsable de la miopía aberrante que hoy permea a la sociedad colombiana, que no permite que se perciban las innumerables falencias de un gobierno que ha estimulado como ningún otro la corrupción y la cultura de la trampa --eufemísticamente llamada “picardía”--, instigada desde lo más alto del poder, y que le ha causado un daño, quizás irreparable, a las instituciones, a la justicia, al sistema de salud, e inclusive a la economía.

(r) El Espectador

Los Intocables

El Espectador

La renuncia del General Padilla de León sonó rara, digamos inusual, para no decir sospechosa.

Un general tan general, que en general tiene buena imagen, no suele renunciar con anticipación a su retiro porque su jefe, el Presidente de la República, se va. Todo se aclaró al otro día, cuando, muy temprano, Noemí salió a decir que lo nombraría Ministro de Defensa. Así las cosas, todo iba sobre rieles: el general compraba una docena de corbatas y Noemí aplaudía con sus dos manitas.

Leer más en: Rebelión

Homicidios se redujeron por bonanza económica antes que por seguridad democrática, dice estudio

Revista de Prensa

Un análisis hecho por académicos de la universidad Icesi, de Cali, encontró que la economía en Colombia mejoró entre 2002 y 2008 como consecuencia de una situación global y que la cantidad de homicidios está relacionada con el comportamiento de las finanzas. La política de ‘seguridad democrática’ de la administración Uribe no es la causa fundamental de la reducción de homicidios entre 2002 y 2008. Las variaciones en estos crímenes tienen más que ver con el comportamiento de la economía. Y el (...)

El elegido

Por: Cecilia Orozco Tascón

GRAN SALTO HACIA ATRÁS HA DADO Colombia, al menos la plebeya, con la cuasi elección de un representante de las dinastías más conspicuas, Juan Manuel Santos.

Nada sorprendente, después de ocho años de admirar el represor estilo de finales del siglo XIX que impuso Álvaro Uribe, el ganador del domingo pasado: nadie discute que el poco carismático Juan Manuel no habría obtenido ni la cuarta parte de los votos de la U de no ser por la simbiosis con su patrón. Si Uribe escogió como paradigma político al nefasto Rafael Núñez, Santos parece haber seleccionado como el suyo al conservador Mariano Ospina Pérez, tal vez por aquello de que éste fue sobrino y nieto de presidentes y el tío abuelo de Santos también lo fue. Juan Manuel tiene otros elementos en común con Ospina Pérez. Uno, que ambos fueron considerados “el hombre de los cafeteros”, por haber contado con el impulso de la cúpula de la Federación más privilegiada del país. Dos, que el gobierno de “Unidad Nacional” que propone Santos es título copiado del que propuso Ospina. Esperemos que las coincidencias sólo lleguen hasta ahí, porque si continuaran, habría que espantarse, dado que la época conocida como “La Violencia” se inició en la administración Ospina y aún no hemos podido salir de ella.

Ospina pretendía calmar al liberalismo con el acicate de la “unidad”, entregándole unos ministerios de segunda y unos puestos de tercera. Santos pretende darle sepultura definitiva al partido que lo catapultó con una fórmula similar. La verdad, no tendrá que esforzarse mucho: puso a babear a la mayoría de los liberales con su dedo meñique. Éstos, incluso algunos que creíamos enhiestos, hace tiempo que perdieron su identidad ideológica. Ni siquiera tuvieron el coraje de actuar de frente. El viernes pasado juraban que iban a votar por su candidato. El sábado empezaron a airear su voto por la U y el domingo adhirieron al tipo despreciable de ayer, al que, según rumoraban, intentó aliarse con Mancuso, Reyes y Carranza. Y qué decir de los conservadores. Ellos se mimetizaron con el amo y así continuarán, guiados por el inventor de las “medidas técnicas” que impidieron entregarles subsidios del Estado a los campesinos. Se sabe que con tal de ganar, Santos no se para en pleitos. Su casta capitalina cede ante la necesidad de los votos y se mezcla con la política provinciana más ramplona, aquella a la que le ofreció hace unos años $300 mil millones en “partidas regionales” para entregárselas, en rama, a sus senadores y representantes. ¡Lo que se ha de ver!

Loa a quien ganó la primera vuelta ampliamente. En Antioquia, con el apoyo del destituido parlamentario César Pérez, investigado por la masacre de Segovia. En el Valle, con Dilian Francisca Toro, procesada por parapolítica. En ese departamento y otros, con el concurso del partido de la Picota. ¿O habrá que ser superdotado para adivinar que al PIN le interesa únicamente jugar con el ganador? En Atlántico, con los votos del campeón del clientelismo, José Name. En Córdoba, con los de los involucrados Zulema Jattin, Musa Besaile y, tal como se vieron los resultados, con el 50% de los partidarios del condenado Juan Manuel López, o bien, con los de su señora, Arleth Casado. En Bolívar, con Piedad Zuccardi y su marido condenado por peculado, Juan José García. En Sucre, con la sucesión de Álvaro García Romero, condenado a 40 años por la masacre de Macayepo. En Caldas, con Adriana Gutiérrez, y, en el Meta, con Luis Carlos Torres. ¡Oh gloria inmarcesible!, ¡oh júbilo inmortal! Si no nos importó de dónde venía ni quiénes eran los amigos de un antioqueño arriero, ¿qué nos vamos a preguntar cómo triunfa alguien que nació para ser elegido?

 

(r) El Espectador

http://www.elespectador.com/columna-206480-el-elegido

 

Peor es posible

El debate de control político que se produjo la semana pasada a propósito de la empresa criminal que se montó desde el DAS es tremendamente sintomático del país que tenemos. El Ministro del Interior, Fabio Valencia Cossio, fue a convencer de que el Gobierno nada tiene que ver con las 'chuzadas' e insistió en que la justicia ha podido actuar gracias a Uribe y no a pesar de él. Y nos mostró en cifras a la Colombia resucitada que emergió de las sombras del 'Estado fallido' que Uribe heredó de Pastrana en el 2002.

Pero, claro, lo que no nos dice es en qué nos hemos convertido y a qué precio. Hasta hoy, la reflexión está siendo suplantada por un rosario de anécdotas marginales, que dan poca cuenta de si a estos piscos les cabe o no el país en la cabeza.

El debate no puede limitarse a que una beatífica 'ola verde' derrote a un Juan Manuel Santos que insiste en representar más de lo mismo, le da oficio a JJ Rendón, el rey de la propaganda cochina, y ensalza como gerente de su campaña a Roberto Prieto, investigado por fraude. Va más allá incluso de que Santos se la esté jugando a ganar como sea y al precio que sea.

Todavía ninguno nos dice con fuerza, en público y traducido en políticas concretas, cómo revertirá esa simbiosis creciente entre crimen organizado y Estado, que avanza con fuerza por todo el territorio. ¿Cómo cambiar ese rumbo que nos lleva directo a convertirnos en una cleptocracia? Ninguno se atreve a preguntar: ¿quiénes son los responsables políticos, no solo los militares, de los falsos positivos?; ¿quién ordenó y se benefició de las interceptaciones, amenazas y atentados orquestados desde el DAS?; ¿cómo se hará el desmonte de las mafias regionales que se aliaron con paramilitares y narcotraficantes para tomarse el poder?; ¿cómo enfrentará semejante desafío Juan Manuel Santos, cuando en su coalición está tan bien representada la 'parapolítica'?; ¿cómo enfrentará Mockus a unas mafias que le responderán a bala lo que él intente a través de la pedagogía?

Muy a pesar del miedo y la violencia del discurso con la que nos tratan de obligar a elegir sin pensar, lo cierto es que no estamos decidiendo entre el salto al vacío y mantener el rumbo. El rumbo actual no es el rumbo correcto, y Juan Manuel Santos es lo suficientemente inteligente como para saberlo, aunque las imposiciones de la estrategia política lo obliguen a callar en todos los idiomas. En ese acto de lealtad y adoración al presidente Uribe, Santos deja de lado los altos intereses de la patria, para proclamar los altos intereses del presidente saliente como su prioridad.

Y ese cheque de impunidad no hay con qué girarlo. 'Falsos positivos', 'chuzadas', 'parapolítica' y esa corrupción que se ha extendido tan peligrosamente a todas las esferas del quehacer público son apenas el reflejo sintomático de un fenómeno más poderoso, que amenaza la existencia misma del Estado colombiano. Sus consecuencias se describen extensamente en el informe de la Misión de Política Exterior de la Cancillería, en asocio con el BID, la CAF y Fedesarrollo: "Estas alianzas muestran un profundo deterioro de la ética pública y del respeto a la ley en algunos sectores de la dirigencia, y han generado un poder mafioso que atenta contra la seguridad del Estado, convirtiéndose así en una amenaza tanto más grave cuanto menos visible. De continuar avanzando este proceso, estaríamos entrando en una fase de simbiosis con el crimen organizado, caracterizado por la creciente cooptación del Estado en algunos sectores y regiones".

No será poco el susto que sobrevenga en cuanto nos despertemos de la resaca electoral y, al igual que Monterroso, descubramos que el dinosaurio sigue ahí.

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Natalia Springer

El Tiempo

¿Dos candidatos de derecha?

Por Mauricio Vargas, tomado de El Tiempo

Se equivoca, de cabo a rabo, el presidente Álvaro Uribe cuando ataca, y de modo muy poco elegante, a Antanas Mockus y sugiere una desafortunada comparación con "un caballo discapacitado". No soy de los que piensan que sea intocable el tema de los inicios de la enfermedad de Parkinson en el ex alcalde de Bogotá. En cualquier democracia del mundo desarrollado daría para un debate de fondo que aquí no ha ocurrido, salvo por las declaraciones del médico del afectado. Pero me desagrada la forma como Uribe lanza ese golpe por debajo de la cintura del candidato del Partido Verde.

Pienso además que esos ataques, con los que el Presidente pretende ayudar a Santos, le ayudan más a Mockus, pues muchos indecisos que valoran los logros de la seguridad democrática y tienen dudas sobre la capacidad de Mockus de continuarla pueden terminar del lado del ex alcalde por mera solidaridad ante un cuestionamiento que se les antoja mezquino. De hecho, a muchos uribistas les disgusta que Uribe se meta en las campañas. Ya lo demostraron en el 2007, cuando los guiños del Presidente a favor de Enrique Peñalosa terminaron por favorecer a su oponente en Bogotá, Samuel Moreno.

A las pocas horas de que Uribe descalificara a Mockus, el Presidente encontró en esa andanada un socio absolutamente sorprendente: el Polo Democrático. En los días recientes, los más feroces ataques contra Mockus no han provenido de las toldas santistas, ni siquiera del Primer Mandatario y su metáfora hípica, sino de los voceros del partido de izquierda. La candidata vicepresidencial Clara López ha cuestionado el hecho de que Mockus casi nunca haya criticado a Uribe y que haya sido un aliado de la seguridad democrática. En cuanto al ex candidato polista, Carlos Gaviria, le ha lanzado venenosos dardos, sugiriendo que Mockus es un mito y poniendo en duda la claridad de su pensamiento. El aspirante del Polo, Gustavo Petro, ha dicho, sin rodeos, que Mockus es neoliberal.

A los voceros del Polo no les falta razón. Mockus ha criticado al Presidente en temas de corrupción, pero ha sido solidario con la seguridad democrática, al punto de haber sido condecorado por Uribe en el 2003, justamente por la cooperación que, desde su segunda alcaldía de Bogotá, le ofreció a esa política. De hecho, al igual que Santos, Mockus descarta casi de plano abrir de nuevo un diálogo con la guerrilla y sostiene, como ha sostenido siempre Uribe, que es imposible negociar con quienes usan el secuestro como arma.

También es verdad que Mockus tiene inclinaciones neoliberales: como alcalde de Bogotá, fue privatizador en los servicios públicos y en la educación, se enfrentó con los sindicatos y reprimió los paros de transporte con firmeza. Estoy convencido de que, aun con su particular estilo, es tanto o más autoritario que Uribe. De hecho, es el candidato del ex ministro de Hacienda Rudolf Hommes, a quien la izquierda ha satanizado como el coco neoliberal.

En todos estos puntos, Mockus coincide con el pensamiento de Santos, quien, justamente por el temor a ser visto como demasiado de derecha, llamó a un ex dirigente sindical, Angelino Garzón, como su fórmula vicepresidencial, en una jugada que no termina de convencer, pues no está claro que le haya traído apoyo de centroizquierda, y quizás sí le quitó votos en el centroderecha.

Pero aún así, no son las ideas ni las políticas que han aplicado desde los cargos públicos que han ocupado las que marcan las diferencias entre los dos. Es una cuestión de estilo, más bien tradicional en el caso de Santos, e innovador y por momentos críptico en el caso de Mockus. Y la elección se va a definir por la capacidad que el primero tenga de movilizar a los votantes tradicionales, y por la que tenga el segundo de llevar a las urnas a los nuevos electores.

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Mauricio Vargas

Mancuso y los Santos

Por: Felipe Zuleta Lleras

POR AFIRMACIONES “MÁS BENÉVOlas” que las que hizo el paramilitar Salvatore Mancuso vinculando al candidato Santos y al vicepresidente de la República con estos grupos al margen de la ley ha habido congresistas condenados. Por bastante menos fue sentenciado Juan Manuel López, por sólo mencionar un caso

No logro entender por qué para las condenas de estos parapolíticos el testimonio de Mancuso sirvió de plena prueba pero no lo es en lo que tiene que ver con los señores Santos.

Con el cinismo que lo caracteriza, ante las gravísimas acusaciones de Mancuso, Juan M. Santos ha dicho que es una venganza porque lo extraditaron y está en una cárcel de los EE.UU. Olvida Santos que Mancuso había hecho estas afirmaciones ante la justicia colombiana antes de que lo extraditaran a él y a los otros comandantes, a quienes extraditaron precisamente por eso: para que no siguieran contando los vínculos que había entre los políticos, empresarios y miembros de las FF.MM. con las autodefensas. No debe olvidar el país que Uribe los extraditó para callarlos, incurriendo aun en una conducta que lo podría poner frente a la Corte Penal Internacional por denegación de justicia frente a delitos de lesa humanidad.

Yo le creo a Mancuso cuando sostiene que Juan Manuel Santos lo visitó con Víctor Carranza pues para nadie es un misterio la estrecha relación entre Carranza y algunos miembros de la familia Santos, entre ellos el hoy candidato. Yo conocí a Víctor Carranza en las oficinas de El Tiempo cuando era defensor de los lectores. En esa oportunidad el padre del hoy candidato me presentó a Carranza y me lo recomendó para que en las páginas del diario no se fueran a meter con él. Sería importante que el candidato Santos le cuente a sus potenciales electores su relación con Carranza y sus visitas a Mancuso con la finalidad de tumbar a Ernesto Samper.

Por esto y por mucho más es que hemos sostenido que Juan Manuel Santos no tiene los títulos morales para gobernar a los colombianos. Santos representa a un Gobierno con un historial largo de delitos a sus espaldas, delitos que no van a poder ocultar porque nadie puede esconder a los 2.200 muchachos de los falsos positivos, a los 1.500 sindicalistas asesinados, la corrupción y las interceptaciones y chuzadas ordenadas desde la casa de Nariño.

Por eso millones de colombianos vemos con entusiasmo que hoy por hoy podríamos tener un presidente que no traiga ese fardo de impudicias sobre sus hombros.

Por su parte el vicepresidente Francisco Santos sostiene que él sí se reunió con Mancuso con finalidades exclusivamente periodísticas. Sin embargo, apenas la Fiscalía imputó cargos a los funcionarios del DAS por las chuzadas, salió, ahí sí, presto a sostener que mal se le podría creer a un fiscal que está interino, tratando de desprestigiar al fiscal Mendoza.

Qué triste resulta que Pacho Santos acabó contaminado en materia grave de este estilo pendenciero y mafioso que ha caracterizado al agonizante gobierno.

El Espectador

Corrupción: el sustento de la guerra

Por: Sergio Otálora Montenegro

Nunca había sido tan claro como en estos últimos ocho años: para que el discurso y la praxis de la guerra sean posibles, es necesario construir un complejo entramado de corrupción destinado a consolidar, legitimar y continuar un proyecto de poder autoritario. Esa podría ser la síntesis de la llamada seguridad democrática.

No es que  la bala vaya por un lado y la podredumbre por el otro. No son compartimentos estancos.  Las dos dimensiones se complementan, se entrelazan: la transgresión permanente de la ley, por aquellos que dicen defenderla e incluso dar su vida por ella, es herramienta fundamental para perpetuar la violencia, desde las altas instancias del Estado.

Ante el objetivo de derrotar a la subversión, este gobierno no ha tenido límites éticos. La razón es clara: la popularidad del caudillo se interpretó  como carta blanca  para hacerle el quite a las normas. Por lo tanto, en las cumbres del poder uribista, existió la íntima convicción de que el pueblo, exasperado ante la vesania guerrillera, tendería un generoso manto de  complicidad ante las acciones torcidas (pero necesarias) del gobierno.

Parecía que los resortes morales de la sociedad colombiana se habían perdido, en esa locura desatada de buscar que las Farc mordieran el polvo a cualquier precio. Sin embargo, los resultados de las elecciones parlamentarias demostraron que todos estos escándalos (las chuzadas del DAS, por ejemplo) sí estaban quedando registrados en la conciencia ciudadana.

La impresionante bola de nieve que se ha echado a rodar desde entonces con la candidatura de Mockus, es la constatación de que el electorado, y sobre todo los jóvenes, le están pasando una enorme cuenta de cobro al cinismo uribista. Que el partido verde haya enarbolado la bandera ética, bajo conceptos como “la vida es sagrada” o “el fin no justifica los medios”, es un intento exitoso de quebrar en mil pedazos el andamiaje de corrupción que sostiene y justifica la guerra.

En la Colombia de hoy, recuperar el respeto a la Constitución es de hecho una revolución democrática de enormes consecuencias.  Pero hay que  evitar el voluntarismo: Antanas no es el mesías cargado de milagros. De entrada, el congreso es de mayoría uribista. Varios de sus miembros repitieron la estrategia triunfadora: pactos con los paramilitares y narcos, en el ámbito regional,  para aceitar la maquinaria electoral a través de la dádiva o de la intimidación armada. Ese poder local no se dejará arrebatar, por las buenas, es decir, por la vía democrática, sus privilegios y luchará, con los medios torcidos de siempre, para que fracase cualquier proyecto alternativo. La amenaza monstruosa de Los Rastrojos es la continuación de ese mecanismo perverso de intimidar y liquidar los liderazgos democráticos que se dan al margen del establecimiento político.

Gane Mockus la presidencia en la primera o segunda vuelta, con alianzas o sin ellas, tendrá que demostrar, desde el primer minuto,  que su propuesta ética tiene efectos políticos prácticos: abrir las compuertas del poder a la participación de los sectores excluidos de siempre,  a través de la desarticulación nacional y regional de los mecanismos de la violencia contra el opositor político. Esta lógica conducirá, de manera inexorable, a la revisión profunda de la estrategia militar contra la guerrilla. Ahí sabremos si el proyecto de los verdes tiene dimensiones históricas o es apenas la continuación, con otras caras, de la formula uribista de tierra arrasada.

El Espectador

¿Qué hace un mercenario yanqui de asesor en la corte del rey Santos?

aaablogJMS.jpgPara la gran mayoría de colombianos, el nombre "James Carville" no les querrá decir absolutamente nada, tal vez ni sepan que es el principal asesor de la campaña de Juan Manuel Santos. En los Estados Unidos James Carville es muy bien conocido, ya que fue uno de los artífices, junto con Paul Begala, del triunfo electoral de Bill Clinton. Aunque ya hace cerca de una década que no significa nada en el panorama político estadounidense, se ha dedicado a "asesorar" candidatos, desde Afganistán hasta Bolivia, pasando ahora por el reino de Macondo. Participó en la campaña de Hillary Clinton a la presidencia, pero, según parece, sin el carisma de Bill Clinton, Carville no pudo cambiar la imagen de mujer fría y calculadora que rodeaba a Hillary. Carville, por su cuenta, tiene el mismo atractivo que podría tener un papel de lija como tratamiento para las arrugas de la piel y a pesar de que supuestamente es "demócrata", vende como cualquier virgen de medianoche sus servicios al mejor postor. En Afganistán, su candidato fue derrotado, con o sin fraude en las elecciones recientes. En Bolivia, su candidato, Gonzalo Sánchez de Lozada, fue triunfador y es hoy en día es un fugitivo de la justicia. Está acusado de crímenes de lesa humanidad, pero ha recibido asilo político en EE. UU. donde vive cómodamente, dictando conferencias en universidades gringas y de América Latina. En Israel también estuvo de asesor político en una campaña electoral: en resumen, Carville es un milusos que a cada campaña trae la misma fórmula, sin importar el país, de lo cual hablaremos más adelante. La pregunta, naturalmente, es ¿qué hace un mercenario yanqui en la corte del rey Santos? Su sola presencia ya delata dos hechos: Carville es un tipo carente de principios éticos o de cualquier tipo de moral. Como mercenario político, los principios no le interesan sino los resultados. Así como ayudó a que Bill Clinton fuera elegido, de la misma manera se vende a candidatos de derecha o extrema derecha, con tal de recibir su salario. Por el lado de la campaña de Santos, su presencia revela que Santos quiere llevar a cabo una campaña electoral estilo yanqui, lo cual implica el uso de todas las técnicas electorales, limpias o sucias que se usan en EE. UU., que lo ayuden a llegar a la presidencia. Obviamente Carville no sabe un pepino de Colombia, ni necesita saberlo, ya que es un experto en mercadeo, en mercadeo de seres humanos. Ha sido contratado para vender un producto y en este caso da la casualidad de que el producto es un candidato. Pero según parece, le está sucediendo lo mismo que le sucedió con Hillary: su candidato carece de carisma, es un camaleón político que se acuesta al sol que más caliente, y si fue él que le aconsejó que hablara de las pesadillas que traería su gobierno, se descachó de cabo a rabo. Ya hemos vivido 8 años de pesadilla y Santos promete más de lo mismo, sin dejar de ser curioso que su primera propuesta no sea de salud, ni de educación, ni de justicia, sino de más guerra. Santos el candidato, sigue hablando como un ministro de guerra y parece que a Carville se le olvidó aconsejarle que tiene que hablar como un candidato a la presidencia ante un pueblo que está harto de falsos positivos, corrupción, y pagos millonarios por traer cadáveres desmembrados para ser ofrecidos como trofeos de caza. Por eso no es de extrañar que el movimiento verde esté subiendo como espuma y que le represente a Santos una verdadera amenaza a sus aspiraciones presidenciales. Santos no inspira confianza, proviene de la casta oligárquica que ha gobernado al país por casi 200 años. Jamás ha sido elegido por voto popular en ningún cargo público, todos los privilegios de clase los ha tenido a la mano para llegar a donde está, incluidos los medios de comunicación que lo encumbraron y de los cuales su familia forma parte. Las técnica que trae Carville a su campaña, son las técnicas de lavado de cerebro, empezadas por los nazis y refinadas en Madison Avenue. Básicamente la estrategia electoral de Carville se basa en tres principios básicos: 1- Simplicidad del mensaje, es decir apelar al mínimo común denominador intelectual y decirle al votante su mensaje en una sola oración, por ejemplo: "Retroceder no es una opción". 2- Relevancia, destacar lo que el producto o en este caso, el candidato ha hecho a favor del consumidor, en este caso el votante, por ejemplo decir que él es el único capaz de combatir el terrorismo y que otros candidatos no están capacitados para ello (mensaje ya diseminado por Uribe y Uribito), o en boca del mismo Santos: "El próximo gobierno va a ser una pesadilla para los narcoterroristas". 3- Repetición, o sea, como ya lo vimos en el punto anterior, repetir el mismo tema hasta la saciedad, de modo que el votante quede saturado, atacando constantemente al adversario, sin darle tiempo para responder. Además de esto, uno de los principios de la propaganda nazi, ejecutada por Joseph Goebbels, era la de establecer un "enemigo único", en Alemania fueron los judíos, en Colombia son los "narcoterroristas", ignorando de paso cualquier otro problema social que pueda existir fuera del "narcoterrorismo", tal como la injusticia social, la corrupción administrativa, la desigualdad económica y diez mil males más que puedan afectar a la sociedad colombiana. En resumen, las tácticas de Carville están ya siendo usadas en la campaña de Santos, es un simple guión que el "cabeza de culebra", como se le conoce en los EE. UU. le está aplicando al pueblo colombiano, para que compre a su candidato de turno. Sin embargo, si la historia nos enseña algo, así como Carville no pudo mejorar  el problema de imagen de Hillary Clinton, ya que fue derrotada finalmente en las primarias por Barack Obama, por consiguiente, es muy probable que tampoco le pueda crear a Santos una imagen positiva dentro del pueblo colombiano, que tal vez lo más positivo que recuerde de Santos, son los "falsos positivos".

Mercenarios

Colombia, como todo país en guerra, importa y exporta mercenarios. De los guerreros clásicos al estilo Yair Klein a la versión moderna encarnada en los "contratistas independientes", estamos de mercenarios hasta los huesos.

Hoy, el tema está en la luz pública sólo porque la decisión de la Corte Europea de Derechos Humanos provocó indignación. Es verdad que la prohibición de extraditar a Yair Klein, entrenador de paramilitares, va en detrimento del derecho a la verdad de las víctimas. Pero no nos demos ahora golpes de pecho invocando la tan pedestre argumentación de los "dobles estándares" para deslegitimar a las instituciones internacionales.

En 1989, el tribunal europeo determinó que "si existe un riesgo serio de que una persona deportada o extraditada pudiera ser sometida a tortura o tratamiento cruel inhumano o degradante, la deportación o extradición misma podría constituir tratamiento inhumano" (Soering vs. Reino Unido). A partir de este precedente, esta corte ha evaluado no sólo la situación general del país receptor sino también el riesgo específico al cual sería sometido cada persona. Con base en los informes de derechos humanos de la ONU y del Departamento de Estado y una afirmación del vicepresidente Santos ("este señor debería pudrirse en la cárcel"), una mayoría de magistrados respaldó la demanda de Klein.

Más sensata, la opinión minoritaria de disenso destacó que, si bien la situación de derechos humanos en Colombia "dista de ser perfecta", el peligro de tortura alegado por el demandante no estaba suficientemente acreditado. Resaltó que la tortura en el sistema penitenciario no estaba confirmada y que Colombia estaba dispuesta a someter el encarcelamiento de Klein al monitoreo internacional.

Todo esto para decir que, en efecto, la Corte Europea pecó por excesiva prudencia. Pero un solitario caso no debe llevarnos a conclusiones erradas. Colombia no es una víctima del sistema internacional de derechos humanos, sino una beneficiaria de él. El presidente Samper abrió las puertas al escrutinio desde afuera, una de las pocas cosas memorables de su cuatrienio. Desde esas fechas, la acción internacional no ha hecho más que empoderar a los actores nacionales para convertirlos en motor de progreso.

En vez de tanta molestia con el caso Klein, los funcionarios gubernamentales deberían mostrar algo de voluntad para controlar la presencia de mercenarios extranjeros en Colombia y el uso de mercenarios colombianos en el exterior. Para el Grupo de Trabajo de la ONU sobre los Mercenarios, los "contratistas independientes" utilizados por las compañías militares privadas constituyen la nueva cara de los mercenarios. Los expertos que lo conforman llevan años pidiendo venir a Colombia. A fines del 2009, denunciaron la presencia de mercenarios colombianos, paramilitares desmovilizados al servicio de terratenientes golpistas, en Honduras.

Aquí, como lo mostró Semana, hemos permitido que las compañías militares de Estados Unidos se lleven a colombianos con engaños a Irak o donde los necesiten y les violen todos sus derechos laborales. Es más, les prestamos a estos actores privados la Escuela de Caballería para su entrenamiento previo al despliegue. Como consuelo, nos dijo el Gobierno en el 2005, lo hicimos a cambio de que estas empresas no reclutaran a militares en servicio activo. De cómo estas transnacionales operan en Colombia poco sabemos.

En el 2008, a la pregunta del Grupo de Trabajo "¿cuáles son las empresas militares y de seguridad extranjeras que operan en Colombia y qué número de empleados tienen?", el Gobierno contestó: "No se tiene información". Y, a la solicitud "proporcione información sobre las modalidades de contratación de estas empresas para trabajar en Irak", el Gobierno, con todo desparpajo, escribió: "No aplica".

Laura Gil

Publicado por El Tiempo

Pin-pan-pum

Hoy el reino es de los Yuserlys, Aryeys, Darlenys. Un país llamado desde hace ocho años patria. Fue saliendo a flote poco a poco y coronó contra viento y marea. No hubo prólogos ni presentaciones. No salió de la nada. El milagro se fue sembrando en las sierras, en los valles, en las cordilleras, de abajo arriba, tumbando la selva, desplazando el café, asociándose a las vacas. Fue dominando juntas de vecinos, alcaldías, concejos, parroquias, cuarteles, hospitales, escuelas, directorios. Fue avanzando hacia el centro, hacia el hueso. Compró jueces, aduaneros, curas, sargentos, generales, gerentes. Inatajable, inapelable. Nadie pudo atajarlo. Se fue enraizando, trepando, sustituyendo, dominando. Ni el cáncer ni el pecado ni el mismo patas han sido tan avasalladores. Fue corrompiendo todo lo que tocaba, todo lo que se le oponía, todo lo que se le cruzaba. Hasta que enterró el país. Costó. Costó mucho. No se ha hecho el arqueo de lo que costó porque a nadie le importa. Sólo en el Catatumbo cobró 9.000 vidas. Pero habría que sumar y sumar y sumar: La Negra, Honduras, Mejor Esquina, Trojas de Cataca, Guachicono, La María, Mapiripán, El Naya, Macayepo, El Salado.

Leer más en: Indymedia Colombia

El país que nos dejó

por María Jimena Duzán

Con la venia del presidente Uribe y de los devotos seguidores de la política de seguridad democrática tengo que decir que luego de ocho años de gobierno Uribe es muy poco lo que se puede reelegir de la seguridad democrática.

Basta con mirar lo que está sucediendo en el Ejército colombiano, columna vertebral de esa política. Internacionalmente es un Ejército seriamente cuestionado en el tema de los derechos humanos hasta el punto de que ese ha sido el principal obstáculo para que Uribe no haya podido firmar el TLC con Estados Unidos ni con Canadá.

Leer más en: Indymedia Colombia

Del DAS a la CIA

Todo régimen autocrático necesita de siniestros sistemas de inteligencia para impedir que su poder sea puesto en duda y por ese boquete se cuele la oposición. Se sigue y se persigue a los sospechosos, se elimina a los peligrosos y nunca se firman los cadáveres. O a veces sí, por la falta de imaginación o porque los supremos nunca pueden contar con lealtades a toda prueba. Pasa hoy con Noguera, el antiguo íntimo del Presidente y ex director del DAS. La reorganización del DAS es sospechosa, algo se quiere guardar en secreto.

Leer más en: Alfredo Molano Bravo, El Espectador

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